Tren nocturno desde Georgia: una mirada a EE.UU. desde las vías en medio de cierre de aeropuertos

Publicado: 29 mar 2026, 16:32 GMT-4|Actualizado: hace 2 horas
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A BORDO DEL CRESCENT (AP) — Hay algo melódico en ver salir el sol sobre una quietud rural interrumpida sólo por los ritmos de las ruedas de acero sobre los rieles. O eso nos decimos.

En este caso, estar a bordo de un tren se debió más a la política que a la poesía.

El Congreso y Donald Trump estaban atrapados en su más reciente estancamiento presupuestario, uno arraigado en la campaña migratoria del presidente republicano y en las tácticas de las fuerzas federales que ha enviado a ciudades de Estados Unidos. Pero este punto muerto ha trastocado una constante fundamental de la vida estadounidense hoy: la facilidad para viajar en avión.

En Atlanta, el aeropuerto de mi ciudad natal, promocionado alegremente como el más concurrido del mundo, había caído en un caos organizado. Empleados federales sin sueldo se ausentaron del trabajo, lo que causó una reducción del personal de seguridad para revisar a viajeros frustrados por esperas de horas en las filas. Yo quería llegar a Washington para el torneo de baloncesto de la NCAA. Así que eliminé el riesgo de perder un vuelo y reservé el tren durante la noche y hasta el día del partido a lo largo de una ruta de 650 millas.

En este momento tenso de la política de Estados Unidos, bajé el ritmo y pensé en cosas que damos por sentadas. ¿Quién se detiene a considerar las comodidades de esa innovación del siglo XX, el avión, que hace posible el ajetreo del siglo XXI? Reservamos y abordamos. Una demostración inconsciente, propia del primer mundo, de modernidad. Y es aún más raro enfrentarse a la incomodidad.

Mi decisión me había llevado más atrás, al siglo XIX y a otra innovación definitoria: el tren de larga distancia.

Un viaje en tren de 14 horas y media durante un fin de semana da tiempo de sobra para apreciar hasta qué punto la política, la economía, los conflictos sociales y las disputas sobre identidad y pertenencia siempre han afectado el orden de nuestras vidas, incluido cómo, cuándo y dónde nos movemos por estos Estados Unidos. Pero el Crescent de Amtrak también me permitió ver la amplitud de nuestra experiencia colectiva.

Esta imagen, tomada de un video de The Associated Press, muestra a pasajeros abordando el tren...
Esta imagen, tomada de un video de The Associated Press, muestra a pasajeros abordando el tren Amtrak Crescent con destino a Nueva York el jueves 26 de marzo de 2026 en Atlanta. (Foto AP/Bill Barrow)(Bill Barrow | AP)

Recorrí la extensión urbana, suburbana y rural de la costa este de Estados Unidos. Supe cómo abordaban otros viajeros. Y fue en eso que encontré el retrato de personas, pasadas y presentes, que se niegan a quedar tan paralizadas como algunos de sus líderes electos.

Conveniencia en los ferrocarriles

Hay poco glamour a altas horas de la noche en una estación de Amtrak abarrotada. Los niños siguen despiertos más allá de la hora de dormir y son atendidos por padres agotados. Los adultos mayores batallan con el equipaje y las escaleras.

Los aeropuertos tampoco son eventos de alfombra roja, por supuesto. Pero los vuelos de Delta entre Atlanta y Washington tienen cierto prestigio. Por lo general tardan unas dos horas de puerta a puerta. A menudo se asignan a una puerta intermedia del vestíbulo más cercano a la terminal principal. Eso casi con seguridad es un guiño a los miembros del Congreso que lo usan —pero que han perdido algunos beneficios de aerolínea durante este prolongado cierre parcial.

En circunstancias normales, puedo ir desde el porche de mi casa hasta Capitol Hill o el centro en apenas 4 horas y media. Las filas de seguridad hoy en día podrían, como mínimo, duplicar mi tiempo total de viaje en avión.

El tren sigue siendo más largo, y nos enseñan que el tiempo es dinero. Pero la certeza también tiene valor, aunque implique una salida a las 11:29 de la noche. Y en la estación de Amtrak no había filas inmóviles, ni agentes de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA, por sus siglas en inglés), ni agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) como sustitutos.

Los pasajeros que llegaron apenas minutos antes de la salida lograron subir y encontraron asiento rápidamente —asignados según el orden de abordaje, no por zonas predeterminadas que generan pasillos atascados. No hay servicio en el asiento ni televisión satelital. Pero incluso los asientos de clase turista, el nivel más bajo de Amtrak, son tan espaciosos como la primera clase de una aerolínea, y hay Wi-Fi, así que al final no es el siglo XIX ni siquiera el XX.

A bordo, escuché a un miembro de la tripulación bromear: “Yo no soy agente de la TSA”.

Los caminos de la historia

De niño en la zona rural de Alabama, contaba los vagones del tren y me preguntaba hacia dónde se dirigían. Desde entonces he leído páginas de un diario y cartas de mi abuela y sus hermanas en que relataban viajes de fin de semana a Atlanta en la época de la Segunda Guerra Mundial.

La ciudad más grande del sur del país también tiene un gancho histórico. Originalmente llamada “Terminus”, Atlanta se desarrolló en la era anterior a la Guerra Civil como una intersección crucial de rutas ferroviarias norte-sur y este-oeste. Eso fue lo que atrajo al general William Tecumseh Sherman para una de las campañas decisivas de la Guerra Civil que ayudaron a derrotar a la Confederación.

Un siglo después de la Guerra Civil, Delta eligió Atlanta para su sede en lugar de Birmingham, Alabama, que era la ciudad más grande según el censo de 1960. La decisión de la empresa estuvo ligada a exenciones fiscales para la aerolínea, llamada así por sus orígenes como fumigadora de cultivos en la región del delta del Mississippi. Según algunas interpretaciones, la decisión de Delta fue más fácil ante el racismo más abierto de las autoridades de Alabama y de Birmingham cuando defendían las leyes de Jim Crow, un código que, entre otras medidas, permitía a los estados segregar los trenes de pasajeros que precedieron a Amtrak.

Esa noche escuché muchos idiomas y acentos, algo notable dado el papel que desempeñó la mano de obra inmigrante en la construcción del sistema ferroviario de Estados Unidos y especialmente llamativo ahora que la inmigración —legal e ilegal— está en primer plano en Washington, mi destino. Vi rostros que reflejaban el pluralismo de Estados Unidos, una mezcla distinta de la que mi abuela y mis tías habrían visto hace toda una vida.

La variedad de voces celebraba la libertad y la facilidad de viajar en tren. También lo hicieron Agatha Grimes y sus amigas después de abordar en Greensboro, Carolina del Norte, como parte de un viaje de fin de semana largo para celebrar su cumpleaños número 62.

“Me quedé atrapada en el aeropuerto de Atlanta la semana pasada”, contó Grimes al tiempo que su grupo reía junto en el vagón comedor. “Es una locura”.

Beretta Nunnally, quien se describió como una “veterana del tren” y organizó el viaje, comentó: “No hay que preocuparse por estacionar. No hay que documentar maletas. Llegas a la estación, vas adonde tienes que ir y vuelves a casa”.

Una era de aviones, trenes y automóviles

Aun así, eso no es tan fácil en Estados Unidos como lo fue alguna vez.

Así como la política, la economía y los subsidios ayudaron a hacer crecer los ferrocarriles de Estados Unidos, esos factores redujeron la red a medida que los fabricantes de automóviles, las compañías petroleras, los constructores de carreteras y, por último, los fabricantes de aviones y las aerolíneas se ganaron el favor de los políticos y la atención de los consumidores.

Mientras viajaba durante horas por zonas rurales, noté los deshuesaderos donde el kudzu y las cercas de malla ciclónica enmarcaban filas de automóviles oxidados. Vi las tierras de cultivo y el equipo que ayuda a alimentar a las ciudades y al resto del país. Me desperté para ver las luces nocturnas de las torres de oficinas en Charlotte, Carolina del Norte, y su estadio de la NFL. Vi cabeceras de condado vibrantes —y pensé en incontables otros pueblos como esos que no prosperan al estar desconectados del tren de pasajeros y lejos del sistema interestatal de la era de Eisenhower, que cruzamos varias veces en el camino.

En cada escenario, los votantes —conservadores, liberales, los extremos y los de en medio— han elegido a sus representantes, senadores y a un presidente que ahora marcan el rumbo del país.

Cuando llegué a Washington, me detuve a disfrutar del gran vestíbulo de Union Station y de su encanto Beaux Arts, y lamenté cuánta magnificencia se ha perdido porque tantas terminales llamativas de Estados Unidos han sido demolidas. Salí y levanté la vista hacia la cúpula del Capitolio.

Mientras yo dormía, el Senado logró un acuerdo bipartidista para financiar todo el Departamento de Seguridad Nacional excepto la aplicación de las leyes migratorias. Y cuando seguía hacia el norte, los líderes republicanos de la Cámara de Representantes lo rechazaron. El estancamiento continuó.

Yo era un viajero cansado, pero un ciudadano renovado. Tenía un partido al que llegar. Y el tren siguió su marcha.